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3). LAS NECRÓPOLIS Nuestro territorio posee importantes testimonios de ellas a lo largo de los tres periodos que hemos tratado; son ciertamente interesantes, ya que no solamente nos ofrecen un ritual funerario con la carga psicológica y social que esto conlleva, sino también nos muestra, a través de la vida de ultratumba, parte de lo que sucedía en la realidad cotidiana de su mundo. Del Bronce Final y Período Orientalizante no conocemos organizaciones funerarias en el sudeste cacereño, pero contrapartida contamos con dos importantes yacimientos en sus cercanías: Valcorchero (Plasencia) y Medellín; éstos -con ritual totalmente distinto como corresponde a su diferente origen- nos pueden marcar en cierto modo los cauces por los que debió discurrir el asunto en nuestra zona. Evidentemente toda su información hay que tomarla con reservas ya que, por una parte, desconocemos sus órbitas de influencia, y, por otra, pueden intervenir otros factores muy difíciles de fijar, como son la capacidad de adopción e interpretación de la población de los modelos de enterramiento. También contamos con un interesantísimo documento arqueológico relacionado directamente con las organizaciones funerarias: las estelas decoradas, aunque desgraciadamente nunca han sido halladas "in situ"; éstas han formado la base principal de nuestro estudio sobre este periodo ya que no solamente es el único testimonio relacionado con los enterramientos, sino que también nos refleja un ajuar en el que caben tanto objetos de la panoplia y uso personal, como aspectos relacionados con el ritual. Para la Edad del Hierro contamos con la importante necrópolis de "La Coraja", Aldeacentenera, cuyo conjunto funerario, juntamente con los de "Villasviejas del Tamuja" en Botija y de "Castillejo de la Orden" en Alcántara, basta para poder fijar con bastante aproximación la realidad y concepción de este fenómeno. El aceptable estado de conservación de las organizaciones funerarias y de sus ajuares permite que nos podamos acercar al conocimiento del ritual funerario con la excepción del lugar habitual de incineración del cadáver y de las exequias fúnebres, caso de que las hubiera; a través del ajuar podemos intuir algunas de las pautas de comportamiento en la vida real, y que parte de éste se refiere a utensilios de uso doméstico. La necrópolis de "La Coraja" es muy interesante ya que el material que documenta posee una procedencia cultural diversa y por tanto puede servirnos de puente de enlace de los dos mundos -meseteño y bético- que influyeron directamente sobre el territorio. Por último, acerca de la etapa de dominio romano cuenta la Regio turgaliensis, además de hallazgos dispersos producto del azar, con la excavación de la necrópolis bajo imperial de Berzocana que representa principalmente a un grupo humano que tenía a la minería como parte importante
4. LAS ARRACADAS DE "LA CORAJA" (ALDEACENTENERA) Y "VILLASVIEJAS DEL TAMUJA" (Botija). Estas joyas (404) son ya producto de unas gentes con intereses y modos de vida diferentes, en éstos las vías de comunicación y los presupuestos que éstas conllevan han perdido su anterior pujanza. No obstante es interesante hacer aquí mención de estos hallazgos, ya que nos pueden señalar las últimas consecuencias de la orfebrería orientalizante. Es difícil precisar con exactitud la cronología de estos objetos santuarios, pues tradicionalmente estás sujetos a unos condicionamientos que los alargan en el tiempo; no obstante, no sería muy aventurado, teniendo en cuenta el resto de la cultura material que los acompaña en las necrópolis, fecharlos en torno a la primera mitad del siglo IV a. C., o en los inicios del III (405). Esta cronología ofrece un indudable interés, ya que podría fijar los límites del uso de la orfebrería realizada con las técnicas y presupuestos orientalizantes; a partir de este momento debe comenzar la serie de joyas que conocemos con el nombre de castreñas. 4. CONCLUSIONES en este apartado, es evidente que, dado el carácter de los hallazgos y la escasa información que tenemos acerca de este llamado "hinterlad" tartésico, alguna de las conclusiones han de pecar de aventurada al carecer de bases ciertamente sólidas; no obstante otras sí se pueden dar como bastante seguras. Parece claro que la riqueza aurífera de Extremadura en el Bronce Final continúa en esta época. Los hallazgos de tesoros, superiores en calidad a otras zonas más cercanas a los centros orientalizantes por antonomasia, incluso las posteriores alusiones de las fuentes antiguas (406) a la riqueza aurífera de la zona, hacen pensar en ello. También parece suficientemente probado que estos territorios cacereños, que anteriormente habían estado bajo la influencia del ambiente atlántico, han dado un importante giro a sus fuentes de recepción y se van a vincular ya a los presupuestos que se están propagando en la Andalucía occidental. Es evidente que esta aculturación no se lleva a cabo de una manera drástica, sino progresiva. El tesoro de Aliseda es un documento esclarecedor de los primeros contactos a finales del siglo VII a. C.; Serradilla ya marcará el segundo paso, en el de la adopción de las técnicas y formas orientalizantes por orfebres indígenas, aunque conservando sus raíces hasta la mitad del VI a. C.; y por último en la tercera fase, ya en el siglo IV a. C. y cercana al inicio de la orfebrería castreña, la arracada de Madrigalejo en la que posiblemente se estén adoptando técnicas orientalizantes para formas indígenas. Serradilla, y más aún Madrigalejo, parecen establecer indirectamente un horizonte cronológico firme para el inicio de la orfebrería castreña e ibérica. Las dos arracadas de oro de "La Coraja" y la de "Villasviejas del Tamuja" (407), podrían significar ya el inicio de la orfebrería de los castros extremeños. Esta hipótesis, en principio dudosa, dada la escasez de excavaciones sobre este tema, reúne un gran número de condiciones que la hace, si no cierta, sí muy cercana a la realidad. La clave, por el momento, podría haber estado en el lugar del hallazgo de la arracada de Madrigalejo: si se localizó en el castro del territorio vettón "el Castillejo" de Madrigalejo, o en su cercanía, quizás en la necrópolis (408); la vinculación de este elemento a los nuevos modos de vida de los castros parecería entonces evidente. Otro asunto será la prolongación en el tiempo que estos objetos suntuarios suelen tener tradicionalmente. También habría que pensar necesariamente que el poseedor de estas joyas va a cambiar. Es muy probable que, si no en las últimas fases de este periodo orientalizante, sí en etapas inmediatamente posteriores estos pendientes pasen a ser propiedad masculina, como se puede observar claramente en las estatuillas del Cerro de Los Santos o de La Osera (409). Incluso en las tumbas de "La Coraja", Aldeacentenera, no aparece ningún elemento que nos haga suponer que dichas incineraciones pertenecían a mujeres, y si armas (410) que indudablemente indican todo lo contrario, es decir un posesor masculino. Lo que sí parece también claro es que ya no se utilizará el par de pendientes, sino uno sólo, caso atestiguado en las anteriormente mencionadas estatuillas y en las diferentes arracadas de "La Coraja".
Los castros de la Edad del Hierro del sudeste cacereño, al contrario de lo que sucedía con los emplazamientos del Bronce Final y Periodo Orientalizante, son lo suficientemente numerosos y representativos como para que se pueda establecer la serie de premisas fundamentales que eran tenidas en cuenta a la hora de elegir los modelos y lugares de asentamiento. Los trece castros fortificados documentados hasta el momento (fig. 13), no deben ser los únicos centros habitados de esta etapa, sino que habría una serie de pequeños núcleos, estacionales o no, más estrechamente relacionados con las zonas de aprovechamiento agrícola y ganadero. No obstante este hábitat "rural", o estacional, queda al margen de este estudio, pues no se han identificado aún -fenómeno general para todo este ámbito cultural- el más leve indicio de éstos, aunque lógicamente supongamos su existencia. Lo cierto es que se puede apreciar perfectamente que hay una preferencia por dos tipos de lugares de asentamiento bien distintos para estos castros fortificados de la regio turgaliensis: el ribero del río Almonte y la sierra, aunque evidentemente algún emplazamiento concreto no se ajuste exactamente a las características de uno u otro grupo (455). La ubicación de los castros del ribero del río Almonte (fig. 13) responde a unas premisas muy similares: no superan citas de 500 m; se asientan sobre el cabezo de un espigón fluvial que sólo posee un flanco con cierta facilidad de acceso y que presenta unas laderas lo suficientemente escarpadas como para que defensa sea relativamente sencilla. Este emplazamiento, para acabar de ser ideal y cumplir los objetivos buscados por sus constructores, debe situarse junto a un tramo del río Almonte vadeable durante todo o gran porcentaje del año. Es por tanto un lugar de fácil defensa, apto para la edificación, con buen abastecimiento de agua, y que además controla alguno de los puntos de vadeo del río Almonte (fig. 13). Su extensión, al igual que los serranos, oscila entre las dos y cuatro hectáreas. Los castros serranos, por el contrario, no reúnen unas características de emplazamiento tan homogéneas aun que lo cierto es que se ajustan a ciertas condiciones. Sin menosprecio de las posibilidades de defensa su emplazamiento obedece en primera instancia a la premisa del control de importantes puntos terrestres de paso -Logrosán, Puerto de Santa Cruz y Robledillo de Trujillo-, pequeñas vías a través de las estribaciones de los Montes de Toledo -Herguijuela, Garciaz y Valdeagudo-, e incluso se pueden añadir otros intereses, como el minero en el caso de Logrosán. Sus cotas de altitud son evidentemente mayores: superan los 700 m; y su lugar preferido de ubicación, una atalaya, ha necesitado de obras de acondicionamiento que le hicieran apto para edificar y defender artificialmente el emplazamiento. También será una constante la intención de aprovechar al máximo los recursos naturales, pues no presentan el escarpe de los del ribero y sólo la prolongada ascensión y las murallas serán los únicos baluartes defensivos del castro. B. ARQUITECTURA DOMÉSTICA. Apenas se conservan vestigios de cabañas en la superficie de los castros de la regio turgaliensis; tan sólo las excavadas en la acrópolis de "La Coraja", Aldeacentenera, nos permiten acercarnos a cómo pudieron ser; véase por tanto para este apartado las viviendas de "La Coraja".
A.- EL CASTRO DE "LA CORAJA" Localización: hoja del I.G.N. (1:50.000) correspondiente a Aldeacentenera, con 89º 58' 25'' de latitud y 1º 58' 55'' de longitud. Se trata de un cabezo elevado, salva en corto espacio desniveles de 40 y 50 metros, con forma triangular ligeramente estrangulada en sus partes medias y con los vértices redondeados. Está rodeado por un recinto fortificado del que todavía se conservan abundantes restos, sobre todo en la parte meridional; un segundo recinto, evidentemente de menores dimensiones, protegería los que denominaremos acrópolis del poblado (fig. 14). 1). SISTEMAS DEFENSIVOS. Las defensas naturales que ofrece el cabezo -laderas con bloques de pizarra que sirven a la vez de despeñadero y de defensa y ríos como primeros fosos- se complementan con otros artificiales -murallas, fosos, torres- que nos hablan acerca de lo que debía ser el asentamiento ideal de estas gentes y de cómo debía ser tratado. Murallas. Se disponen en dos recintos: uno circunda por completo el lugar aprovechando al máximo los recursos que pueda ofrecerle el terreno, y el segundo separa la zona más alta del resto del hábitat; este segundo se encuentra soterrado y tan sólo se puede adivinar el recorrido a través del accidente prolongado del terreno en forma de loma (458). El muro está configurado a base de dos paramentos de mampostería de pizarra muy dura y de color negruzco, único material constructivo abundante en la zona; el espacio intermedio se rellena con pizarras de diversos tamaños y tierra. El mampuesto irregular de pizarra sin desbastar se asegura para evitar posibles derrumbes, con pequeñas piedras a modo de cuñas y con barro; no obstante algunos tramos presentan un abombamiento no intencional, sino producto del peso y de la escasa trabazón de los materiales utilizados. La técnica empleada en estos mampuestos oscila entre la construcción a soga (lam X) y a tizón (lam.) II) aunque, por lo general, presentan grandes irregularidades; No sabemos, pues aún no se ha efectuado corte alguno en la muralla, si ambos paramentos se asegurarían con la colocación de tirantes transversales en el interior que solazarían el lienzo y evitaría que se produjeran derrumbes generalizados. El alzado esta ligeramente ataludado en el exterior y probablemente vertical en el interior del recinto. Resulta lógico que lo mejor del aparato defensivo se concentre en el lugar más accesible del poblado; en ese lugar la muralla no solamente adoptará forma aguda para ofrecer menor campo de choque, sino que también se levanta una torre-puerta de planta circular que domina perfectamente la situación en ambos lados y controla las entradas al castro (lam. ))I9. No hay noticias hasta el momento de la existencia de dispositivos que dieran acceso -escaleras, rampas,... - a estas murallas, sin que por ello deje de ser lógica su existencia, habida cuenta de la altura que todavía hoy conservan algunos de sus tramos, principalmente la torre quizás fueran de materiales perecederos, como la madera. B) Fosos. En la parte norte del poblado se construyeron los únicos fosos artificiales documentados en este cabezo. Excavados en la misma pizarra, resultan unos aliados eficaces del aparato defensivo, principalmente contra los ataques de caballería, en el lugar más accesible del poblado, en el que también, como ya hemos dicho, se concentran las mejores defensas del poblado. C9 PUERTAS. Son perfectamente identificables en la actualidad dos puertas en el lado norte del poblado aunque con seguridad habría una tercera relacionada con una senda que desciende por el oeste hasta el río Almonte (fig.14). Estas puertas son tan sólo una interrupción del muro, excepto en el caso de la que da acceso a la acrópolis que se ha engrosado, curvado y elevado en altura hasta tomar el aspecto de una torre circular. 2) VIVIENDAS. "La Coraja" supone un poco la excepción en lo que se refiere a la escasez de estudios sobre la cultura castreña provincial, pues, como ya dijimos a la hora de tratar las fuentes arqueológicas, ha sido objeto, principalmente la acrópolis, de prospecciones arqueológicas en tal sentido. Las cabañas de "La Coraja" son rectangulares o de formas parecidas a éstas (lam III), existiendo diferencias dignas de reseñar en cuanto al tamaño de unas y otras como parece probar una gran cabaña (lam. IV) que incluye entre sus elementos sustentadores pilares y una columna de granito, material ajeno a la zona; Este material nos obliga a pensar que ya había serios criterios diferenciadores entre los diversos grupos del hábitat que se reflejan en la calidad y tamaño de las viviendas. No obstante, por lo general las cabañas no sobrepasarán los cuatro o cinco metros de largo por los tres o cuatro de ancho. Muros. Constan de dos elementos plenamente diferenciados: zócalo de pizarra y remate de adobes. La técnica constructiva del zócalo es bastante simple, similar a la empleada en la muralla pero con la salvedad de que no se utilizarán mampuesto a tizón y no habrá relleno interior, sino que ambos paramentos se funden en uno sólo. El zócalo de pizarra arranca directamente de la roca base del terreno, aunque esto obligue a partir de diferentes alturas; no había pues, obras de cimentación, con la excepción de algunos alisados de la superficie del cancho para asegurar la estabilidad de algunos tramos (460). Sobre este zócalo, cuya altura desconocemos con exactitud, continuaba el alzado con adobes de un tamaño acorde con la anchura del muro y con un grosor bastante considerable (lam.III). b) cubiertas. Pellas de barro y clavos de hierro han sido los únicos elementos relacionados con esta parte del edificio que ha llegado hasta nosotros. Las pellas nos indican que la cubierta vegetal se recubriría con barro para acrecentar la impermeabilidad de la cabaña; y los calvos que estas cubiertas se sustentaban con un entramado de vigas asegurado con este metal. Todo lo que se pueda decir acerca del resto de la configuración de las cubiertas -vertientes a una, dos o cuatro aguas, altura, ..- no pasan de ser hipótesis aventuradas, ya que desconocemos un dato tan interesante al respecto como es la altura del muro. c) Pavimento. Solamente se han detectado pavimentos de tierra batida que rellenan los desniveles que la roca puede presentar hasta conseguir un piso horizontal Sobre este pavimento se depositaban dolias (lam.V) en las que se guardaban alimentos y agua potable. No se ha descubierto hasta el momento detalle alguno relacionado con los famosos bancos corridos y con los hogares (461). 3) URBANISMO El castro de "La Coraja" se divide en dos áreas perfectamente visibles, diferenciación que, como hemos dicho, no debe obedecer a diferentes fases de crecimiento del hábitat, sino a presupuestos puramente defensivos y/o a criterios sociales (462). El área más amplia, la exterior, correspondería al grupo social más pudiente del poblado, mientras que la parte alta o acrópolis, como indica no solamente el hecho de estar separada del resto sino también la mayor opulencia de las viviendas, a la élite. Ambas zonas poseen puertas independientes al exterior aunque evidentemente tendrían entre sí comunicación interna por uno o varios lugares. La acrópolis es el último reducto y el mejor defendido del castro, pues se sitúa junto a lo mejor del aparato defensivo en torno a la puerta principal, ubicación que será una constante en estos castros. Aquí es posible que nazcan los primeros atisbos urbanísticos, propiciados probablemente por la escasez de espacio, con grupos de casas adosadas a la muralla con el frente hacia una calle-entrada que daría a la postre al lugar un aspecto de cierta organización geométrica. B.- LAS CERAMICAS DE "LA CORAJA" El castro de "La Coraja" es un yacimiento cerámico muy interesante a pesar de haber recibido hasta el momento escasa atención y de que los dos únicos yacimientos prospectados -vertedero y acrópolis (fig.15)- hayan ofrecidos sustanciales diferencias cuantitativas y sobre todo cualitativas. La propia naturaleza de estos lugares plantea serias dificultades interpretativas, pues el vertedero, si bien ofrece una importante gama cerámica, no refleja una estratigrafía fiable; y la acrópolis sólo documenta hasta el momento fragmentos de cerámica vulgar de uso doméstico, no identificables con la salvedad de las dolias, que indudablemente carecen de connotaciones cronológicas y filiación cultura. Esto es motivo suficiente como para que los datos particulares que nos puedan suministrar este complejo cerámico haya que tomarlos siempre con ciertas reservas, aunque evidentemente las aportaciones cronológicas globales seguirán siendo perfectamente válidas. 1). Cerámica de la acrópolis. Tan sólo ha ofrecido hasta el momento fragmentos de cerámica vulgar de difícil asignación a un objeto determinado, tanto a torno como a mano, con la excepción de las dolias y de un pequeño objeto realizado a mano de una forma curiosamente rectangular. Dolias. Su forma es ovoide, pero presentan la particularidad de tener los dos tercios superiores muchos más anchos que la base. Estas dolias, una vez que alcanzan el máximo diámetro, se reducen rápidamente hasta llegar a la boca -no poseen por tanto cuello- que presenta labio resaltado en el que se concentra la decoración de estos objetos, principalmente incisiones y estampillados variados, similares a los de otros cerámicas de tipo hallstático del mismo poblado o de su necrópolis; estas tinajas se cerraban con una tapadera circular, igualmente de cerámica, con asa cónica pegada a su vértice. Las paredes poseen un grosor acorde con la capacidad y normalmente suelen ser uniforme en toda su superficie. La pasta presenta un aspecto granuloso debido al grosor del degrasante mineral utilizado, y ha sido alisada al exterior. El colorido oscila en torno al marrón aunque siempre con tonalidades apagadas. 2). CERÁMICA DEL VERTEDERO En el vertedero prospectado en el lado de este poblado se encontró gran cantidad de cerámica, tanto de lujo como vulgar sin que esto suponga algún tipo de diferenciación en cuanto a su localización, pues ambas se encuentran mezcladas. Lo cierto es que, habida cuenta de la naturaleza del lugar, no se puede establecer una estratigrafía con un mínimo de fiabilidad por lo que sólo nos fijaremos en los diferentes tipos cerámicos así como en la cronología particular y filiación cultural. Cerámicas indígenas de tradición meseteña. Estás elaboradas tanto a mano -escaso número- como a torno y su pasta, de mediana o baja calidad, está aglutinada con degrasante mineral a base de arenas de cuarzo, mica y otros elementos silíceos provenientes de las cercanas corrientes fluviales que les dan un aspecto más o menos granuloso, aunque generalmente en la superficie exterior se ha efectuado un alisado con la intención de darles una apariencia más pulida. El color de esta pasta, producto en la mayoría de los casos de una cocción reductora, oscila en torno a tonalidades parduscas, llegando incluso al ceniciento, pero siempre apagadas. Sobre estas cerámicas se ha vertido una variada gama decorativa, principalmente en la parte superior, asas o en la base: cordones formando relieves, muescas en las asas, incisiones paralelas formando bandas, incisiones geométricas alternando con círculos, pezones cónicos junto a las asas y estampillados geométricos con motivos cruciformes, de "emes", etc., en su interior. En resumen, se trata de modelos de morfología, factura, cocción y motivos decorativos procedentes de una tradición hallstática meseteña que van a convivir en este yacimiento con otros allende del Guadiana. b) Cerámicas grises. Son pastas muy depuradas, duras y compactas, realizadas a torno y que han recibido un espatulado, lo que hace que su superficie sea lisa y brillante. Estas cerámicas, atestiguadas en otros castros extremeños, estrechamente vinculadas al comercio púnico y a las que M. Almagro Gorbea (463) otorga una cronología muy antigua, aparecen en "La Coraja" incluso decoradas con pintura y motivos geométricos en algunos casos ibéricos que nos hacen pensar que la entrada de ambos tipos pudo coincidir (464). c) Cerámicas Ibéricas. Es una cerámica a torno de gran calidad y con barros muy depurados y finos; la pasta tiene una gama de colores que oscila entre el marrón y el anaranjado, debido principalmente a la cocción oxidante a la que fueron sometidas, dominando las tonalidades apagadas; el degrasante es mineral a base de micas y arenas finas (465). Entre las formas dominan las urnas bitroncocónicas de borde exvasado y cuello poco desarrollado, vasijas globulares y platos exvasados, algunos con perfil carenado. La auténtica novedad de estas cerámicas se centra en su decoración pictórica, que se vierte principalmente en los bordes y parte superior del objeto cerámico (fig.16,17,18). El rojo es el principal color empleado; llega a adquirir tonalidades muy oscuras, aunque nunca llega al negro; el blanco es el otro color que alterna con esta gama de rojizos. La pintura no es muy consistente, ya que un simple lavado puede hacerla desaparecer (fig. 19, 20, 21, 22 y 23). Los motivos decorativos que presenta esta cerámica son múltiples aunque se pueden agrupar en dos grandes bloques: Geométricos -bandas horizontales de desigual grosor (bandas y filetes)
Tal es el motivo que aparece en una vasija ovoide de borde abierto y grandes dimensiones en la que se pintó un personaje montado a caballo de forma bastante estilizada (fig. 24). Este único ejemplar es bastante valioso, pues, si bien los motivos geométricos tienen una dispersión bastante amplia, las representaciones humanas, son bastante más restringidas. La figura pintada del jinete de "La Coraja" fue concebida muy esquemáticamente; es pobre de líneas, tosca y quizás se la pudiera tachar de infantil, pero desde luego no por esto deja de ser expresiva y narrativa. La autoría de las cerámicas pintadas de "La Coraja" presenta aún serias dificultades; unos las consideran un producto de importación y otros creen que son de producción local, no obstante es más que probable que en una vía intermedia pudiera encontrarse la solución: en este castro había cerámica pintada de importación y de producción local imitando modelos importados. Prueba de esto pudiera ser la diferente calidad observable entre unos y otros ejemplares; baste para ello fijarse en alguna de las urnas de la necrópolis - sin lugar a dudas de fabricación local- que presentan esta decoración. Un proceso de adaptación similar se produjo en algunas cerámicas de tradición hallastática que nada tenía que ver con el mundo en el que se había desarrollado este tipo decorativo pictórico y que sin embargo presentan estos motivos. Otro problema diferente es el de la filiación cultural del jinete de "La Coraja", pues, aunque se encuentra inmerso en un ambiente cerámico propicio, sin embargo no se asemeja a las figuras humanas representadas en el mundo ibérico, ya que su esquematismo y concepción le distancia de éste. Resulta por tanto conveniente manejar varias hipótesis:
A la luz de los datos que poseemos es difícil inclinarse por una u otra postura, pues incluso es posible que todas tengan parte de razón. Evidentemente el conjunto cerámico de "La Coraja" ha adoptado formas y modelos procedentes tanto del mundo ibérico como del meseteño; por ello no habría de resultar extraño que esto mismo sucediera con la decoración del jinete. La concisión de líneas y estilización de sus formas entronca claramente con la pintura esquemática de los abrigos rupestres o de las estelas decoradas de la zona, por lo que, probablemente, lo único que se hizo fue verter unos conceptos que ya se conocían sobre una idea importada con es la de decorar la cerámica pictóricamente, en este caso con figuración humana y animal. Esta adopción y adaptación no resulta nada extraño en "La Coraja", pues ya se habían producido aquí fenómenos similares con la decoración ibérica sobre cerámicas grises y, principalmente, sobre modelos hallstáticos y cerámica local. d) Cerámica de barniz rojo. Tales son algunos fragmentos pertenecientes a vasijas globulares de pasta blandas y superficies ásperas. El barniz que ha sido aplicado con la ayuda de una espátula, tiende a desprenderse con facilidad (467). Su cronología aun no se conoce bien, pero indudablemente es anterior a las cerámicas ibéricas en las que se desconoce la técnica de aplicación del color salvo en tipos muy concretos (468). e) Cerámica precampaniense. De este yacimiento ha sido publicado un fragmento precampana que ha sido fechado por unos en los finales del siglo IV a. C. (469) y por otros en la primera mitad del III (470). Tiene una pasta rosada, fina, bien lavada y algo porosa; su factura es regular. f) Cerámica campaniense C. base de una pátera con pie muy evolucionado. Esta pieza en su fondo presenta una decoración de palmetas rodeado por una orla de "ues" invertidas y enmarcadas por dos círculos concéntricos no muy regulares; la concavidad de la base se decoró con círculos concéntricos de pintura negra; por último, en el plano de apoyo externo del pie aparece una fina acanaladura, como es normal en la cerámica campaniense c. este tipo es muy frecuente en la segunda mitad del siglo II a. C. (471). 3). HORIZONTE CRONOLÓGICO DEL CONJUNTO CERÁMICO. Es difícil fijar los límites cronológicos de un castro de estas características, pues no solamente estamos a la espera de nuevos datos que con toda probabilidad nos ofrecerán las excavaciones, sino que además no existe acuerdo sobre las fechas de alguno de los tipos cerámicos, como formas hallstática, barniz rojo, etc.; por este motivo todas las consideraciones que hagamos, serán a título provisional. El momento de la "iberización" parece corresponderse con la segunda mitad del siglo V a. C., según se desprende de la cronología del fragmento precampana y de la similitud de este complejo cerámico con otros cercanos como los de "Villasviejas del Tamuja" (472) y "La Burra" (473) que documentan cerámicas griegas fechables en esos momentos; no obstante habría que admitir una cronología anterior para lagunas formas hallstáticas (474), barniz rojo y cerámicas grises. (475), aunque estas últimas pudieran coincidir con las más antiguas de las ibéricas, pero sin que por el momento se pueda concretar con más exactitud, dada la naturaleza del lugar del hallazgo, el vertedero. Menor problemática presenta el momento final de este conjunto cerámico ya que el objeto más moderno, cerámica campaniense C, puede ser fechado con cierta exactitud en la segunda mitad, o quizás mejor en el ultimo tercio del siglo II a. C.
La necrópolis de "La Coraja", Aldeacentenera, será el principal punto de apoyo para el estudio de este apartado, ya que es el único yacimiento, no sólo del sudeste cacereño, sino de todo el ámbito provincial que ha sido objeto de labores arqueológicas (505); el resto de los datos conocidos hasta el momento son fruto de hallazgos casuales -labores agrícolas, terraplenados, construcción de embalses,...-, motivo por el que la ayuda que éstos puedan presentarnos es limitada y en muchas ocasiones falsea la realidad, pues no sólo ha conservado aquellos objetos que por un motivo y otro han resultado llamativos, prescindiendo de otros quizás de más interés histórico; a ello hay que sumar el hecho de estar desconexionados de su contexto arqueológico concreto.
A.- UBICACIÓN Esta necrópolis se sitúa en una solana, orientación que suponemos casual, a poco más de 250 metros en línea recta de las fortificaciones más próximas del castro. Su ubicación -lugar elevado, perfectamente visible desde el poblado, e inclinado pero perfectamente válido para la función a la que se destinó- evidentemente no concuerda con la típica de los emplazamientos de Cogotas II; pero esta ubicación no sería realmente innovadora en el ámbito vettón (506), si no se localizara fuera del espigón fluvial en el que se construyó su hábitat. Es realmente difícil encontrar una razón convincente que explique esta ubicación que sólo ofrece dificultades, ya que obliga a salvar fuertes escarpes a través de una camino serpenteante, perfectamente visible hoy en día en algunos tramos, que atraviesa el arroyo del Moro, no siempre fácilmente vadeable. Por otro lado no faltan lugares idóneos en las cercanías, similares a los utilizados por las gentes de Cogotas ;; -explanadas cercanas a la puerta principal del poblado-, o incluso del mundo celtibérico -zonas bajas y de vegas-. No existe, pues, una razón aparente: por un lado no es lógico utilizar la cercana vega para estos menesteres, ya que es un terreno fértil en las cercanías susceptible de ser explotado agrícolamente -actividad no ajena a estos pobladores-; por otro, se podría haber situado a la entrada del recinto donde hay lugares perfectamente válidos para tal uso. Las razones de índole psicológica, como la cercanía al centro habitado, carecen de peso, pues esta barrera no debió existir entre estas gentes, como lo prueba el hecho de que este lugar sea en muchas ocasiones su emplazamiento habitual (507). Se podría pensar en la posibilidad de que este hábitat poseyera más de una necrópolis a lo largo de su devenir histórico, aunque las labores efectuadas en tal sentido no han dado el fruto apetecido. A pesar de esta falta, no deja de ser atrayente esta hipótesis que puede encontrar apoyo incluso en los datos que nos ha ofrecido la excavación, como pro ejemplo el escaso número de tumbas exhumadas-poco mas de 50 y según cálculos aproximativos difícilmente se podrá doblar esa cifra-, número que no puede corresponderse en modo alguno con la entidad del poblamiento y menos aún si tenemos en cuenta el espacio temporal que comprende; siglo IV a I a. C. Lo cierto es que la ubicación de la necrópolis de "La Coraja" se separa de la tónica general de los castros vettones excavados al norte del río Tajo; no obstante creemos que esto no es un hecho exclusivo de este yacimiento, sino que la falta de prospecciones en lugares de estas características (508) es la causa principal de que no se hayan descubierto otras. Por tanto hay que pensar que entre los vettones al sur del tajo no se situaban como norma los cementerios en lugares cercanos a la puerta principal, sin o que había una gama de lugares preferentes (509). B.- EL RITUAL El ritual es siempre el mismo, la incineración. Según se desprende de los datos suministrados por las excavaciones, que no han documentado en ninguna ocasión restos de carbón vegetal, la cremación y operaciones preparatorias del cadáver no se efectuaba in situ, sino que debía realizarse en un lugar a propósito para ello y próximo al poblado que aún no ha sido identificado. Suponemos que la dificultad del transporte del cadáver desde el poblado hasta la necrópolis es motivo suficiente como para que la cremación se efectuase en el espigón fluvial y no en los aledaños de la necrópolis. Una vez incinerado el cadáver, los restos óseos calcinados, que no recibían atención especial -no eran motivo de labores específicas de limpiado y cribado (510)-, se introducían en una urna, generalmente de aspecto globular y de tosca factura, aunque no falten casos con decoración incisa, estampillada o pintada, como veremos a la hora de presentar la cerámica de este yacimiento. La urna se transportaba desde el lugar de la cremación hasta la necrópolis, y allí se depositaba en un pequeño hoyo excavado en la tierra. En principio da la impresión de que esta operación concreta de excavar el hoyo y soterrar la urna y ajuar pudiera tener tres tratamientos:
A pesar de esta evidencia arqueológica, nosotros pensamos que estas tres hipótesis variantes corresponden a un solo modelo. El transcurso del tiempo, actividades agrícolas realizadas en el lugar y la propia profundidad de la capa de tierra deben haber sido los determinantes de estas diferencias aparentes (lams: XIV, XV, XVI). Lo lógico es que en aquellos lugares de poca profundidad fuera preciso horadar la roca base, mientras que los que reunían las condiciones necesarias no precisarían tal labor; prueba de esto es que no se aprecian diferencias sustanciales de altura entre los diversos enterramientos de una cata; tan sólo los que marca la propia inclinación del terreno (lam XVIII). Por otra parte, la estructura de lajas de pizarra que debía recubrir la totalidad de las tumbas -solamente se han encontrado hasta el momento dos casos- debe haber sido destruida por la acción del arado (512), producto de ello son las numerosas lajas diseminadas o apiladas en majanos que se pueden apreciar en el lugar, así como la fractura que presentan la mayoría de las urnas en sus bocas, material que se halla disperso a lo largo de todo el yacimiento- Por tanto el único rito empleado en la necrópolis de "La Coraja" consistirá en lo siguiente: una hoya, afectase o no a la roca madre -no creemos que esto posea algún significado especial- en la que se deposita la urna que contiene los restos calcinados del cadáver y el ajuar; esta hoya estaría cubierta con tierra y un pequeño conjunto de lajas de pizarra de pequeño y mediano tamaño que originalmente debían darle un aspecto tumular. No tenemos noticias, como ocurre en otros casos vettones (513), de la existencia de alguna organización funeraria que no poseyese urna para recoger la ceniza, hay que descartar por tanto la posibilidad de que los restos de algún cadáver fuesen envueltos simplemente en algún material perecedero.
C.- ORGANIZACIÓN INTERNA. La necrópolis, independientemente del destrozo que haya podido sufrir por efecto de la roturación de su superficie, no documenta ningún tipo de organización interna. No obstante y debido principalmente al escaso número de urnas exhumadas, habrá que tratar siempre esto con ciertas reservas; ahora bien, pensamos que aunque su número aumente y surjan nuevos datos, los resultados apenas matizarán la información ya obtenida. Este yacimiento no ofrece ninguna agrupación especial; el hecho de que algunas zonas presenten mayor o menor concentración de urnas no obedece a ningún criterio que encierre una significación, sino tan sólo a las propias características del lugar: profundidad del suelo, posibilidad de roturación agrícola, etc. Tampoco es posible establecer una relación entre calidad del ajuar y preferencia por una o varias zonas concretas del yacimiento. Existe en este punto una gran uniformidad; tan sólo un escaso porcentaje de tumbas (514) sobresale mínimamente de la tónica general; y éstas se encuentran repartidas a lo largo del yacimiento sin ningún criterio fijo. Igualmente no se pueden constatar áreas cronológicas diferentes. A pesar de la dificultad que entraña valorar este tipo de documento, sin embargo se puede apreciar una diferencia cronológica digna de valorarse entre los diversos ajuares que por otra parte no se refleja en la ordenación estructural de la necrópolis. Hemos de suponer por tanto que el distanciamiento cronológico que presentan algunos ajuares no obedece a ordenaciones temporales de la necrópolis, sino a otras causas, sobre todo teniendo en cuenta que los objetos que verdaderamente marcan las diferencias son de carácter suntuario (515). Por último tampoco es posible hallar una estructura fundamentada en el sexo, pues ni siquiera hay posibilidad de discernir éste en gran número de ocasiones. A falta de análisis osteológicos, tan sólo el ajuar -generalmente exiguo-, nos podrá servir en el intento de identificar el sexo del propietario de la organización funeraria. Entre los elementos que componen el ajuar solamente algunos -fusayolas, objetos de adorno, armas y arreos de caballo- han sido considerados tradicionalmente válidos para tal función. Las fusayolas, que algunos autores han asociado a enterramientos femeninos, no parece que posean ese valor en "La Coraja", pues por una parte el gran número de estas no corresponde en modo alguno con las incineraciones femeninas (516), y por otra hay casos en los que este elemento ajuarístico aparece inmerso en una organización de clara identificación masculina como ocurre en la tumba número 8 (517). Las fíbulas y otros objetos de adorno personal presentan idéntico problema, por lo que su adscripción a uno y otro sexo es, en la mayoría de los casos, harto dudosa. Por tanto sólo las armas, objetos asociados a ésta y arreos de caballo parecen ser los únicos indicativos válidos para identificar el sexo del propietario de las cenizas. Evidentemente el número de estos ajuares identificables es mínimo (518) y además siempre pertenecerán a guerreros, pro lo que las consideraciones globales que puedan deducirse son mínimas. Para concluir este apartado sólo resta insistir en el hecho de le la necrópolis de "La Coraja", al menos hasta el momento, no presenta ningún tipo de organización basada en presupuestos establecidos de antemano; las diferencias que se pueden apreciar obedecen única y exclusivamente a las características orográficas del lugar.
Realmente no se puede decir que los ajuares de la necrópolis de "La Coraja" sean abundantes, ni siquiera numerosos, pero sí son lo suficientemente representativos como para que podamos hacernos una idea bastante aproximada, junto a los datos que nos suministra el hábitat, de los cauces generales por los que discurría la vida de estas gentes. A.- LAS ARMAS El armamento, si bien no se encuentra abundantemente representado en el caso de "La Coraja", es un elemento de gran importancia en un pueblo como el que ocupa estos territorios entre los siglos IV y I a. C., al igual que ocurre con el resto de los que habitaron en el área, que algunos autores han venido a denominar la "Cultura de los verracos". Es necesario insistir en la interesante variedad de tipos y modelos de armas, fenómeno que no solamente obedece a la amplitud del periodo en cuestión o al carácter belicoso de este pueblo que escoge para vivir lugares fácilmente defendibles, reforzados incluso con diversos aparatos, y en los que las armas debían jugar un importante papel, sino también a sus ritos y costumbres. El carácter belicoso de unas gentes, posiblemente enzarzadas en continuas rencillas tribales (519) es perfectamente causa de que hubiera gran número de armas, pero no de la variedad de modelos; mucho más probable es que la causa directa de esta variedad sea la costumbre de arrojar armas a los ríos y la de enterrar a sus muertos con ajuar que provocarían una amortización rápida de los modelos. Las armas que pasarán a formar parte del ajuar mortuorio serán previamente inutilizadas con el lógico fin de evitar posibles violaciones de tumbas en busca de estos objetos tan apreciados y de elevado coste entre estas gentes. Los ajuares de esta necrópolis son parcos en materiales de este tipo, aunque los pocos ejemplares presentan una gama bastante interesante. La totalidad de las armas de "La Coraja" tienen un carácter ofensivo, no habiéndose encontrado hasta ahora el menor indicio de las defensivas (520); ello debe guardar estrecha relación con el carácter perecedero de los materiales con el que éstas se constituían. 1). LAS LANZAS Este útil arrojadizo, si bien no parece que sea el arma más importante entre los pueblos prerromanos de la Península Ibérica, sí es al menos la más representada; baste para ello citar tan sólo los reversos de las monedas de las cecas hispanas. El hecho de que sea un arma estrechamente ligada a ala caballería y que ésta sea el cuerpo del ejército por antonomasia de la Península pudiera ser perfectamente la causa de tal preferencia. Con toda seguridad había dos tipos de lanza, diferenciadas no solamente en la forma de su hoja o en la longitud de su asta, sino también en la forma de su empleo,; la mas larga y pesada tendría su uso idóneo en la caballería a modo de pica, y la más ligera serviría simplemente como arma arrojadiza o incluso, en ocasiones, como segunda lanza. Los ajuares de "La Coraja" documentan dos tipos de hoja que sin embargo no creemos que correspondan en principio a diferentes funciones, pues las características y peso de ambas hojas son muy similares; lo más probable es que sus peculiaridades sean producto de una tradición o gusto diferente y no de otro tipo de consideraciones. El primero de los modelos que se localizó, representado tan sólo por un ejemplar (lam. XVIII) es de hoja de moharra, larga y apuntada, sin nervadura central (512) y con cubo cónico, en este caso inutilizado, para enastar. El segundo modelo (fig.26) es el más representado en la Península, excepto en el noroeste, denominado Alcacer-do-Sal (522), y se caracteriza pro tener una hoja lanceolada y nervadura central. La totalidad de los ejemplares recuperados son de hierro y a pesar de no presentar unas óptimas condiciones de conservación -a veces solamente parte de la hoja o el cubo-, sin embargo no parece que pueda escaparse algún detalle especial, tanto morgológico como decorativo. Las hojas de lanza de "La Coraja", al igual que el resto de la panoplia, han sido previamente inutilizadas; unas veces se ha fracturado la hoja y otras, caso de la moharra, se ha machacado el cubo, elemento indispensable para engarzar la hoja al asta. Los regatones o cuspis tienen también cabida dentro de los ajuares de esta necrópolis (fig. 26). Es lógico que este elemento encontrara uso entre estas gentes, pues no solamente es útil para que repose el arma en el suelo verticalmente sin dañar la hoja, sino que también tienen otra función más importante como es la servir de estabilizador en un arma en la que el equilibrio es indispensable para su correcta utilización. 2). SOLIFERREUM la necrópolis de "La Coraja" también ofreció un venablo de estas características. Este ejemplar, al igual que sucede con las falcatas, fue hallado con anterioridad al inicio de las labores arqueológicas en el yacimiento por lo que desgraciadamente no hay posibilidad de vincularlo a alguna incineración en concreto. Es completamente de hierro, termina en hoja de sauce y su estado de conservación es realmente deficiente no sólo a causa del deterioro producido por el transcurso del tiempo, sino también por las fuertes torsiones a las que fue sometido con anterioridad a su inhumación; es muy probable que fuese quemado junto al difunto. Falta algún fragmento, por lo que no es posible saber su longitud exacta que debe oscilar entre 160 y 170 cm. 3). DARDOS. Solamente se ha descubierto en "La Coraja" hasta el momento un fragmento de hierro de unos nueve centímetros que pudiera pertenecer a una punta de flecha (523) aunque realmente su adcripción es muy dudosa ya que su forma -tres caras triangulares) no concuerda con la que atestiguan estos yacimientos. La clave de su identidad estaría en la mutilación inferior que, caso de que fuera un cubo para enastar o algún dispositivo similar, no habría dudas de su utilización como punta de flecha. 4). FALCATAS. Los ajuares de esta necrópolis han ofrecido algunos elementos relacionados con este arma, como inicios de vainas en bronce (fig.27) o las argollas que sustentaban o colgaban de éstas (fig.27), pero hasta el momento las excavaciones no han deparado ningún ejemplar. No obstante se han podido localidad dos falcatas provenientes de este lugar, que, si bien no podemos asociarlas a su contexto funenario concreto, sí son lo suficientemente interesantes por sí mismas como para que se las dedique atención en este apartado. La falcata llegó a ser a mediados del siglo IV a.C. la principal de las armas ofensivas entre los pueblos hispanos. Tiene una hoja que puede ser utilizada tanto para dar tajos como para ser clavada, por lo que es útil no sólo en la infantería, sino también en la caballería (524); este hecho es posiblemente la causa de que perdurase mucho tiempo, incluso hasta fechas muy cercanas a nuestra era. La empuñadura de estas armas puede ser un simple tronco terminado en un pomo, o complicarse representando cabezas de animales, principalmente caballos; son también relativamente numerosas las de ave y no faltan las de algún otro animal más extraño en estos parajes, como la leona de una falcata de "Villasviejas del Tamuja" (525). Los mejores ejemplares presentan en las empuñaduras nielados e incrustaciones de materiales preciosos que evidentemente ornamentan y encarecen sobremanera el arma. La falcata nº 1 de "La Coraja" fig.28) es un ejemplar excelente de bronce, aunque no alcanza la riqueza de los que presentan nielados. El estado de conservación de esta pieza es extraordinario; la elasticidad de la hoja ha permitido que no se fracture a pesar de las enormes torsiones a las que fue sometida en el intento de inutilizarla. A lo largo de la hoja y paralela al borde de ésta, se grabó una decoración a base de líneas longitudinales que van desde la empuñadura hasta ocho escasos centímetros de la punta; en el tercio inferior, en el espacio formado por las líneas longitudinales y el borde romo, presenta una decoración geométrica minuciosa que ciertamente nos habla de la gran atención que el artesano metalúrgico dedicó a este arma y por ende de la categoría del guerrero que pudo costearse dicho ejemplar. La empuñadura tiene forma de cabeza de caballo y consta de una moldura que separa la hoja de la lengüeta calada que todavía conserva algún remache, medio por el que se asegurarían las cachas; éstas no se conservan, ya que serían de algún material perecedero. Todos los indicios apuntan a que nos enfrentamos a una falcata de parada y no ante un arma de uso guerrero. El segundo ejemplar (fig.29) es de distinto material, hierro, y debe ser el prototipo de uso corriente entre los guerreros de "La Coraja"; en él se ha prescindido de todo aspecto decorativo, constatándose tan sólo aquellos elementos necesarios e imprescindibles para su correcta utilización. Se conserva solamente una parte de la lengüeta, más gruesa que la anterior, que no presenta calados por lo que suponemos que el sistema de engarce era diferente (526). No hay que descartar, por último, la posibilidad de que en un futuro este yacimiento ofrezca alguna espada de antenas, pues tenemos noticias de hallazgos de este tipo en otros castros cacereños similares (527). 5). CUCHILLOS. Es uno de los elementos armamentísticos más representados en las necrópolis de este tipo (528), y en "La Coraja", hasta el momento, representa el porcentaje más alto con cuatro ejemplares de dos morfologías: una afalcatada y otra de bordes más rectilíneos. El primer ejemplar afalcatado se halló en la tumba nº4, sobre la boca de una urna, completándose el resto del ajuar con una espuela , una argolla y un cuspis o regatón (lamXX). Es de hierro y mide 115 mm de largo por 20 mm de máxima anchura y 15 de mínima. Su estado de conservación es bastante aceptable y la empuñadura se organiza con una lengüeta y un solo remache para asegurar las cachas que seguramente eran de madera. El segundo cuchillo afalcatado (fig.27) pertenece al ajuar de la tumba nº 8 que esta integrado además por el inicio de bronce de la vaina de una espada y una argolla de las que solían colgar de ésta. Es igualmente de hierro y mide escasamente 90 mm de largo por 15 mm de ancho; la empuñadura está organizada por medio de una pequeña lengüeta -no creemos que esté fracturada- a la que se asegurarían las cachas por medio de un solo remache. Los otros dos ejemplares con bordes más rectilíneos (figura 30) no aparecieron con seguridad asociados a ninguna organización funeraria, producto probablemente de las labores agrícolas efectuadas en el lugar. De ambos tan sólo se conserva parte de la hoja; el ejemplar mayor es de hierro y mide 110 mm de longitud por 20 de anchura máxima y 15 de mínima -está despuntado-: el menor, de bronce, 65 mm de largo por 11 mm de máxima anchura, reduciéndose esta paulatinamente hasta terminar en vértice. 6). LAS ESPUELAS es evidente que las espuelas no son un arma, sino instrumentos que permiten al jinete una mejor conducción del caballo; sin embargo hemos creído conveniente incluirlas en este campo, ya que su valor funcional está íntimamente relacionado con las actividades guerreras. De estos objetos conviene igualmente recalcar otro valor de especial interés a la hora de identificar la categoría socioeconómica de su propietario como es su carácter decorativo y de distinción; la pobreza general de los ajuares de "La Coraja" realzan la importancia de distinción de este objeto que en otras necrópolis "más ricas" pasaría totalmente desapercibido en cuanto a lo que este aspecto se refiere. En el interior de la urna de la sepultura número 8, junto a un cuchillo afalcatado y una argolla como ajuar, apareció la única espuela hallada, hasta el momento, en esta necrópolis. Esta pieza consta de una placa rectangular de hierro de 95 mm de longitud y una anchura máxima en el centro de 22 mm que aumenta paulatinamente a medida que se acerca a los extremos en los que alcanza 28 mm (lam.XX). Aproximadamente en el centro de la placa se sitúa el aguijón, fundido a la vez que el resto, que mide 40 mm y está visiblemente torcido hacia la izquierda, motivo por el que creemos que pertenece al pie derecho ya que esta inclinación, que no debe ser fortuita, sólo podría facilitar la acción de éste. En los extremos de la placa aparecen dos perforaciones que servirán para sujetar la espuela al pie mediante unas simples correas. En la cara interior de esta pieza se puede observar una pequeña protuberancia apuntada -es muy probable que originalmente hubiera alguna más- que impediría el deslizamiento de la placa sobre el calzado. Este tipo de espuelas ha sido ya documentado en el yacimiento de "El Cirragalejo" (529); la de "La Coraja" es semejante al tipo I de Cigarralejo aunque las de este yacimiento son de diferente material, bronce. La cronología que se da para estas espuelas de "El Cigarralejo" es del siglo IV, fundamentada principalmente en las tumbas que ofrecieron cerámicas de barniz negro y figuras rojas. Desgraciadamente los datos que aporta el ajuar de la sepultura número 8 no son lo suficientemente significativos como para poder concretar con exactitud la cronología de este ejemplar. No obstante, según las líneas generales por las que discurre este yacimiento, a la que hay que sumar el hecho de ser de hierro, no parece aconsejable asignarle una cronología del siglo IV a.C.; es más probable que el siglo II o mejor el II a.C. concuerden con la realidad.
B.- ELEMENTOS DE ORNAMENTACION Los objetos de ornamentación personal forman también parte del ajuar de alguna de las incineraciones de este tipo de necrópolis. Las tumbas que contienen estos elementos "inútiles" son las más suntuosas, dado el alto coste que debían alcanzar dichos adornos; habría que exceptuar las fíbulas que tendrían un valor más asequible, como lo demuestra su elevado número. Por tanto, estos ornamentos serán los mejores indicadores de la capacidad adquisitiva de su poseedor, pero como contrapartida carecen en ocasiones de la posibilidad de ser identificados cronológicamente con cierta exactitud, pues tradicionalmente estos objetos, debido no solamente a su elevado coste sino también a su valor simbólico u otros motivos de índole psicológica que pudiera representar para alguna persona o familia concreta, perdurarán durante más de una generación.
La fíbula es el elemento más frecuente en el capítulo de la ornamentación personal; tanto la necrópolis como el castro ofrece un número bastante considerable de ejemplares; en lo que se refiere a su forma, si exceptuamos una anular y otra de jinete, todas son de ballesta y pie alto en alguna de sus variantes.
Estas fíbulas constan de un puente arqueado, pie largo y levantado que concluye en un apéndice y una aguja de resorte bilateral. El arco puede presentar diferentes formas; los de perfil redondeado y sección circular o filiforme son los más antiguos y simples; a medida que transcurre el tiempo estos arcos adaptarán formas rectangulares o cercanas a éstas, e incluso en ocasiones se decoran con motivos geométricos. El botón terminal también evoluciona al igual que el resto de la fíbula; comienza siendo pequeño y sencillo para ir paulatinamente ganando tamaño y altura, acercándose cada vez más al arco, hasta el punto de que llegará a pegarse a él. Son por tanto interesantes, desde el punto de vista cronológico, tanto la forma de decoración del arco como la altura y ángulo de inclinación del apéndice final, pues nos puede ofrecer una secuencia bastante fiable; no obstante, en "La Coraja", como veremos, estos supuestos no se pueden aplicar con plena seguridad. En lo que se refiere al origen de estas fíbulas, una vez superada la hipótesis que consideraba a ésta como derivada de la fíbula de "La Certosa" (530), hoy día todavía se mantienen dos posturas encontradas, encabezadas por E. Cuadrado (531) y W. Schule (532). E. Cuadrado mantiene que el origen de estas fíbulas está relacionado con las itálicas y hallstáticas de pie vuelto con botón terminal y W. Schule que tuvieron su origen en el suroeste peninsular y que de ahí partieron hacia Europa. No parece lógico, al menos en principio, que los decorados y ricos ejemplares andaluces fueran el modelo que diera vida a un tipo tan variado y extendido como es la fíbula de botón terminal (533); ello nos inclinaría a dar mayor crédito a la postura contraria. La cronología no suscita igual polémica, y así todos los autores parecen coincidir en su aparición hacia los principios del siglo Vi a.C., perdurando hasta finales del siglo V, sin descartar que sean vigentes en el siglo III a.C. o fechas posteriores. Es, como ya hemos dicho, el tipo de fíbula característico de este yacimiento, siendo el modelo más sencillo el más frecuente (fig.31: l,m,p,qu,r; fig.32:b,c,d,f; fig.33:e,f), documentándose también ejemplares más desarrollados como los del apéndice en torrecilla (fig.31:a,c,g; fig 32:a,e,g; fig34). Los modelos más sencillos tienen el arco liso, aunque no falten casos en los que se graba una línea longitudinal en ambos costados (fig.31:m; fig.32:c,f) o incluso líneas transversales a lo largo de todo el arco (fig.32:b). Estos ejemplares presentan cuatro tipos de sección: redondeada (fig.31:e,p,r; fig.33:e), semicircular con base rehundida (fig.32:b,c), de lágrima (fig.31:m), y semitriangular con base rehundida (fig.31:qu; fig.32:d,f; fig 33:f). Las fíbulas con arcos de las dos últimas secciones son por lo general más desarrolladas y avanzadas, motivo por el que habría que considerarlas como modelos más tardíos, sin descartar por supuesto que conviviera, como de hecho creemos, con los anteriores. Los modelos de más belleza formal son aquellos denominados de torrecilla que son iguales que los anteriores pero con la salvedad de que el pie levantado adopta la forma de una torrecilla (fig.31:a,c,g; fig.32:a,e,g) que incluso puede estar decorada (fig.31:e). Estas fíbulas de torrecilla son una constante en el bagaje material de la Cultura de los verracos; además en ocasiones presentan una decoración a base de sogueados muy similar a la que tienen las armas del tipo Alcacer-do Sal y del complejo Monte Bernorio-Miraveche-Las Cogotas (534). Cronológicamente estas fíbulas de torrecilla son más tardías que las simples de pie alto, aunque no por ello hay que pensar que no conviven durante mucho tiempo; es muy posible que ambas sean desplazadas por otros modelos más tardíos.
El arco es realmente lo que caracteriza a este tipo de broche, pues la aguja, puente y resorte es común a las fíbulas de ballesta. No obstante estas piezas alcanzan aquí nuevas y variadas formas, así el resorte puede ser de muelle, charnela de bisagra, de tope osculador y de aguja libre; los arcos de navecilla, de alambre, de conta, ... Es el tipo más difundido en la Península Ibérica durante la Segunda Edad del Hierro (535). Se discrepa hoy en día sobre el origen de este tipo de fíbulas; mientras que Almagro (536) defiende una procedencia oriental basándose principalmente en los "broches anulares", E. Cuadrado (537) piensa que su origen está en la Península Ibérica. Quizá en una postura intermedia como la de J.L. Argente Oliver pudiera estar la solución de esta polémica: "creemos que el nacimiento de la fíbula que denominamos anular hispánica tuvo lugar en Oriente. No sería en ese origen igual a los modelos de la fíbula anular hispánica. Nos referimos con ello a un solo elemento, el aro, que sería traído con toda seguridad por mercaderes orientales que trafican confieras peninsulares del sur y se añadiría en nuestras tierras un elemento común a todas las fíbulas, el puente, dando lugar a las que con el tiempo iban a extenderse y hacerse propias en nuestro suelo " (538). La extensión temporal de estas fíbulas anulares hispánicas es bastante amplia y la mayoría de los autores coinciden en asignarlas fechas que van desde la primea mitad del siglo V a.C. hasta la primera mitad del siglo I, también antes de nuestra era. A pesar de ser un elemento frecuente en los ajuares de esta etapa cultura, en la necrópolis de "La Coraja" tan sólo ha aparecido un ejemplar de estas características en la tumba número 20. La fíbula anular hispánica de "La Coraja" es del tipo denominado por J.L. Argente (539) de navecilla normal "4b", y presenta como única característica digna de reseñar la forma elíptica del aro que tiene unas dimensiones de 60 por 45 mm. Es además curioso cómo una de las mitades que divide el puente (lam.XXI) se ajustaría a la forma circula, mientras que la otra es la que verdaderamente dará al aro una apariencia elíptica.
Estas fíbulas, que representan animales o jinetes, ocupan el mismo área geográfica que las anteriores, desde los yacimientos de Soria y Guadalajara, continuando por las tierras al norte del Duero y notándose su presencia en las necrópolis de lo que se ha venido denominando Cultura de los Verracos (540). Necesariamente hay que relacionar estas fíbulas con las mismas representaciones en bulto redondo de bronce de la misma zona y pro tanto no sería en absoluto extraño que la clave de su origen estuviera ahí. Cronológicamente ocupan un espacio similar al de las fíbulas de ballesta con pie alzado y las anulares hispánicas, V-IV al II a.C. (541). Al igual que sucedió con la fíbula anular, este yacimiento tan sólo ha ofrecido un ejemplar de fíbula de jinete (fig.35) en la tumba nº8 (542). El estado de conservación de esta fíbula es pésimo y únicamente se puede observar un caballo, cuyas extremidades están mutiladas accidentalmente, con un hocico muy largo y un jinete sin rasgos definidos y quizás pequeño en comparación con el tamaño del caballo. 2). EL BRAZALETE DE BRONCE DE LA CORAJA. Es un aro de bronce; originalmente debió ser circular, hoy tiene forma de pera, que no se cierra por completo. En los extremos están representadas dos cabezas de ofidios con las lenguas extendidas, actualmente paralelas aunque no debió ser esa su posición habitual. Tiene una sección ovalada y es liso con la excepción de tres protuberancias simétricas que dividirían, junto con las cabezas de ofidios, su longitud en cuatro partes iguales (lamXXI). Los brazaletes con cabezas de ofidios en los extremos son frecuentes en el mundo del Mediterráneo, teniendo también su lugar entre la metalistería celtibérica (543). Es en esencial similar al brazalete de la cercana localidad de Cañamero (544) que representa igualmente ofidios en los extremos, aunque éstos han sido concebidos más esquemáticamente y a diferencia del de "La Coraja" poseen decoración a troquel que le acerca más a las técnicas y modos orientalizantes. Cronológicamente, si aceptamos la filiación cultural y cronológica del brazalete de Cañamero al momento de transición del periodo Orientalizante al mundo ibérico, hemos de aceptar necesariamente que el de "La Coraja", ya que no presenta rasgos orientalizantes aunque conserva los ofidios, ya conocidos desde hacía tiempo en la decoración orientalizante de la zona (545), está ya plenamente inmerso en el mundo del Hierro; probablemente sea de los objetos más antiguos del yacimiento; finales del IV o principios del III a.C., no pudiéndose precisar con más exactitud su fecha. 3). LOS PENDIENTES DE LA CORAJA. Hasta el momento han sido dos las arracadas que se han localizado en esta necrópolis; ambas son de oro y son junto a otro ejemplar de botija los únicos hallazgos de este tipo en la provincia (546).
Pesa 1,80 gramos y consta de un creciente lunar y un colgante (lam.XIX, fig.26). El creciente presenta como única decoración un cordón de filigrana en su centro y no remata en ningún tipo de broche como cabría esperar, sino que la misma prolongación del creciente, más fina y sin trabajar, basta por sí sola, mediante una torsión, para asegurar la arracada a la oreja. El colgante representa esquemáticamente a una figura zoomorfa (547); está hueco y todas las piezas han sido soldadas. La cara posterior carece de decoración y la anterior presenta celdillas en los que iban engastadas piedras como la que se conserva en uno de sus ojos. Por encima del cabujón que correspondería a la frente, se representa un cordón soldado a la caja, al igual que las paredes de las celdillas, formando meandros. No sabemos si una celdilla en forma de lágrima que apareció junto a esta arracada -presenta idénticas características- corresponde a una de las orejas aunque es muy probable que sea así.
Pesa 1,950 gramos. Se trata de un creciente lunar en cuyos bordes se soldaron cordones de filigrana; el sistema de cierre sería idéntico al anterior (lam.XVIII, fig.26). La zona que tratamos está dentro de un campo de choque entre las corrientes mediterráneas y meseteñas; será el lugar en el que se va a lograr una síntesis, alentada indudablemente por el sustato indígena, que se traducirá en nuevas formas culturales enriquecidas por ambas tendencias. Ya desde el siglo IC a.C. bajo la tutela orientalizante habían empezado a surgir productos como los de Serradilla, por citar algún ejemplo provincial, en los que se puede observar una coincidencia de elementos de tradición orientalizante y formas procedentes de la Meseta. La arracada de Madrigalejo y las piezas de Segura de León(548) significan ya un paso de importancia en la prolongación de la orfebrería de tradición orientalizante en un momento en el que se asiste a un claro "arranque" del mundo de la Meseta, pero siguen manteniendo los modos y técnicas orientalizantes; repujado, granulado y filigrana. Las arracadas de "La Coraja" significan ya el siguiente paso incardinándose plenamente en la orfebrería castreña; recuerdan en algunos aspectos a las técnicas orientalizantes -filigrana-, pero se acercan más a los presupuestos que se desarrollan en ese momento en la Meseta. No sólo ha cambiado su aspecto externo, sino también, en parte, su contenido interno, pues ambas pertenecen a ajuares de incineraciones masculinas (549), como lo demuestra el hecho de poseer las dos armas o elementos relacionados con éstas. La pertenencia de estas joyas al sexo masculino puede comprobarse en las representaciones escultóricas del Cerro de los Santos o de La Osera (550). El grupo social receptor de estos objetos suntuarios será evidentemente el mismo que en épocas anteriores; la elite, que tradicionalmente se mostrará propicia a este tipo de innovaciones; lo que sí debe haber cambiado es la identidad de los orfebres, pero desde luego no creemos que individuos de la zona sean los autores de obras de tal complejidad, pues no estaría de acuerdo con el resto de su baje cultura, y de inferior calidad, sino orfebres itinerantes que se pondrían al servicio de la elite castreña. La cronología es difícil de precisar, como siempre ocurre con este tipo de objetos. No presentan los paralelismos estilísticos y técnicos orientalizantes de Serradilla, Madrigalejo, o Segura de León, por lo que deben ser más tardíos y probablemente, junto con el brazalete con cabezas de ofidios, ocupen el lugar más antiguo entre las piezas de la necrópolis de "La Coraja", finales del V o principios del IV o III a. C. C.- LAS CERÁMICAS DE LA NECRÓPOLIS. Los objetos cerámicos completan el ajuar de las incineraciones de "La Coraja". Prescindiendo del aspecto puramente formal y ateniéndonos a su funcionalidad y significado interno, podemos establecer tres tipos cerámicos: urnas, ajuar propiamente dicho y fusayolas.
Son una constante en las sepulturas de "La Coraja", pues son las receptoras de los restos calcinados del difunto y no hay pruebas de que en algún momento hayan sido sustituidas en esta función por algún otro elemento, perecedero o no (551). Las urnas cinerarias, entre los diversos componentes del ajuar, ocupan el último lugar en cuanto a la calidad, profusión y diversidad de labores decorativas. Su pasta es por lo general inferior a la del resto del ajuar -por supuesto esta diferencia se acrecienta si se cotejan con los excelentes ejemplares del castro- y en la mayoría de los casos su cocción ha sido mixta, no faltando casos de reductora y oxidante; el color por tanto recorrerá toda una amplia gama, desde el gris oscuro hasta el anaranjado, pero siempre en tonos de menor viveza que el alcanzado en otras cerámicas de más calidad. El degrasante utilizado es mineral, generalmente de grano grueso, lo que le dará a la postre un aspecto granuloso y poco refinado. En estas urnas que no presentan nunca carena, con boca exvasada y labio vuelto hacia fuera, domina la forma globular, tanto achatada (fig.36-37-38-39) que es la más numerosa, como algo mas estilizada (fig.40). En menor proporción se documentan ejemplares un tanto acampanados, con mayor (fig.41) o menor (fig.42) abultamiento en la panza. A pesar de que los ceramistas no dedicasen excesiva atención a la decoración de las urnas, sin embargo ésta puede considerarse variada, aunque haya muchos ejemplares que no la documenten. Los tipos de decoración pueden agruparse en cuatro bloques : incisiones, estampillados, acordonados y pinturas.
Se localizan en el tercio superior del alzado de la urna y por lo general se limita a simples líneas oblicuas o figuras geométricas muy simples -uves, zigzag,...- que recorren el perímetro del objeto en una o dos bandas. Es poco frecuente este elemento decorativo entre las urnas aunque sí esté suficientemente atestiguado en otros tipos cerámicos.
Las bandas de incisiones parece que hayan sido sustituidas por estampillados. Preferentemente rectangulares o circulares (fig.36,37,40) -adornadas en el interior con motivos de cruces, zetas,...- que a veces incluso se alternan. Estos estampillados no tienen la perfección de los excelentes ejemplares del castro, fenómeno que no creemos que se deba a la propia calidad del sello empleado, sino a lo poco apta que es esta pasta granulosa para esta labor decorativa. Hasta el momento estas labores no han aparecido en más de una banda paralela.
Es un elemento muy escaso entre las urnas, documentándose tan sólo en un ejemplar (fig.36) en el que un cordón liso recorre todo el perímetro en un lugar muy cercano a la boda.
Es la más bella y la que más dificultades encierra entre las formas de decorar las urnas funerarias de "La Coraja" (fig.41). No obstante la pintura es poco consistente, ya que un simple lavado es suficiente para hacerla desaparecer de la superficie cerámica. Creemos que esta decoración se ha efectuado por estas gentes en imitación a unos modelos importados que habían arribado al lugar, como aconsejan los excelentes ejemplares del castro, desde la zona ibérica. Destacan los colores rojizos aunque no falten otros como el crema oscuro y el blanco. La pintura se reparte en bandas, filetes o en los típicos semicírculos. 2). AJUAR PROPIAMENTE DICHO. a). Cuencos-platos. Es el segundo elemento cerámico más repetido en las incineraciones de la necrópolis de "La Coraja", fenómeno que claramente debe estar relacionado con el hecho de que en muchas ocasiones sirviesen de tapadera a las urnas cinerarias; la multitud de fragmentos de cuencos y platos que aparecen diseminados por toda la superficie deben corresponder en un gran porcentaje a estas tapaderas que han sido desgajadas por el arado de su original colocación, motivo por el cual casi todas las urnas aparecen con la boca fracturada. La pasta es de mayor calidad por lo general que la empleada en las urnas; su degrasante es también mineral, pero menos grueso, lo cual da una apariencia más delicada y pulida. La cocción es oxidante por lo general, y las escasas tonalidades que presentan pertenecen a la gama de los anaranjados y rojizos. No parece que los ceramistas, locales a todas luces, vertieran algún tipo de labor decorativa en estos elementos del ajuar; la superficie aparece totalmente lisa y carece de toda labor pictórica. Como suele suceder en este tipo de objetos, son exvasados y su zona de apoyo puede tener un diámetro de la mitad o de un tercio de la apertura máxima del objeto. La panza, que no presenta carenas, unas veces crece suavemente en su camino hacia el borde (fig.43,44) y otras, tras un tramo casi paralelo a la línea de apoyo, lo hace rápidamente (fig.45) Los bordes generalmente presentan un plano oblicuo, propio del crecimiento progresivo, a la vertical del cuenco, pero en ocasiones se recogen ligeramente hacia el interior (fig.46:b,c,) o incluso son casi paralelas a dicha vertical (fig.44:a). El grosor de estas cerámicas es diverso, incluso dentro de un mismo objeto, pero la tónica es siempre la misma: mayor tamaño en la zona cercana a la base y disminución paulatina hasta el borde, lugar en el cual alcanza su máxima expansión. A pesar de presentar estos cuencos una morfología casi idéntica, sin embargo no todos responden a la misma función o significado dentro de la organización funeraria. Estas funciones y significados dependerán directamente del tamaño y colocación particular dentro del contexto funerario; en relación con esto podemos establecer tres categorías: tapaderas, ajuar de uso práctico y ajuar relacionado con aspectos rituales o que encierran un significado más profundo. El primer grupo comprenderá aquellos cuencos de mediano tamaño que solamente tendrán la función de servir de tapadera a la urna funeraria, siempre colocados boca abajo. El segundo grupo, aquellos de mediano o gran tamaño, colocados boca arriba, que formarían lo que podríamos llamar ajuar de uso práctico o que en la vida real tenía una función directamente relacionada con labores domésticas. Por último el tercer grupo estaría compuesto por aquellos pequeños catinos y platitos que evidentemente no podrían servir de tapaderas de las urnas, dado su exiguo tamaño, ni habían tenido uso práctico anteriormente, sino que debían estar relacionadas con algún tipo de ritual. Es muy posible que éstos a veces fueran incinerados junto al cadáver como parece indicar el tono negruzco de uno de estos pequeños objetos. (fig.44:a). b) Ungüentarios. Es un elemento poco frecuente en los ajuares de esta necrópolis, que sólo cuenta con cinco ejemplares de pequeño tamaño que responden a tres formas : globular, globular carenada y tubular (fig.47). Las formas, excepto en el caso de la tubular, son muy achatadas, superando el diámetro de la panza con creces la altura de la vasija. El costoso ungüento que debían guardar en su interior debe ser la causa de que estos objetos adopten una forma achatada y panzuda, así como una base muy gruesa (fig.47:b) y una boca muy estrecha que impida, en la medida de lo posible, que vuelque y derrame su contenido. Apenas si se señala el cuello y prácticamente el labio es la única nota discordante en la evolución curvilínea del ungüentario; este labio puede estar vuelto ligeramente hacia fuera o únicamente ser una protuberancia paralela a la vertical del objeto. La pasta es de buena calidad, sobre todo la del ejemplar que ha recibido una cocción reductora (fig.47:b) que posee una gran dureza y presenta una tonalidad grisácea muy uniforme; el resto de los ejemplares presenta tonos rojizos propios de la cocción oxidante. El degrasante es siempre mineral -cuarzo, mina, arenas,...- en todos los casos. Es difícil identificar a la luz de los hallazgos de "La Coraja" el sexo del propietario de estos elementos cerámicos. Unicamente la tumba nº8 nos ofreció una placa de bronce relacionada con la vaina de una espada que nos induciría a pensar que pertenecía al sexo masculino; ahora bien, las propias condiciones de esta sepultura, que ha sido muy maltratada por las labores agrícolas, no ofrecen nunca seguridad al respecto. A pesar de todo es muy probable que ambos sexos pudieran usar indistintamente este objeto y por tanto éste formaría parte del ajuar funerario de ambos. Otro tema distinto es la funcionalidad de estos ungüentarios, una vez dentro del contexto ajuarístico funerario. Evidentemente tenían su uso práctico en la vida real, pero con seguridad va a sufrir una transformación su carácter al pasar a convertirse en parte del ajuar funerario; su nuevo significado probablemente esté más estrechamente relacionado, con el de esos pequeños catinos anteriormente mencionados, con aspectos de orden ritualístico. c) Copas de pie realzado. Son, tras las urnas y los platos-tapaderas, el elemento cerámico más repetido en los ajuares de estas necrópolis; esta abundancia se puede perfectamente comprobar también en el vertedero excavado del castro en el que aparecen numerosas bases de este tipo (fig.48,49). Sus formas oscilan entre las globulares estilizadas, pasando por las ovoides y llegando incluso a formas semicirculares apuntadas. El cuello, excepto en algún caso excepcional (fig.50), es perfectamente identificable con una línea curvada, más o menos abierta, que remata en un labio convexo; la panza no suele presentar en su recorrido curvilíneo otras alteraciones que no sean las producidas por su decoración acordonada, excisa o incisa (552). Por último la base, el elemento que principalmente caracteriza a estas cerámicas, aparece siempre realzada, alcanzando en ocasiones una altura considerable, y con un perímetro redondeado cóncavo, cuadrangular o rectangular; puede ser semimaciza o tener un vaciado redondeado cóncavo (553). La decoración, cuando la hay, se localiza preferentemente en tres zonas: la cercana al cuello, la base y las asas. Varias son las formas de decoración que se aplican en estos objetos sin que ningún tipo parezca que predomine sobre los otros: cordones lisos o decorados, estampillados en bandas, e incisiones o incluso excisiones también en bandas (fig.51). La pasta por lo general es de mediana calidad, con degrasante mineral -micas, cuarzos y otros elementos silíceos- y sus tonalidades, debido a la cocción reductora a la que han sido sometidas, oscilan desde el ceniciento hasta otras más oscuras en evidente relación con la temperatura y material utilizado como combustible. Parece algo plenamente aceptado que la calidad, forma, tonalidades, así como motivos decorativos, no se corresponden con los presupuestos que se estaban desarrollando en el sur peninsular y de los que tenemos pruebas evidentes en "La Coraja", sino que se enmarcan claramente en la tradición celta desarrollada en el ámbito de la Meseta. Sus propias características nos inducen a pensar que estos objetos formaban parte del ajuar práctico del difunto en contraposición a los pequeños catinos, ungüentarios y fusayolas. Merece mención aparte el objeto cerámico de la fig.52 que, aunque sea bastante similar en cuanto a su estructura a las copas de pie realzado, sin embargo su función no es la misma, como indican sus caldos. Pensamos que se trata de un anafre o asador, utensilio que hoy en día sigue siendo utilizado entre las gentes de Aldeacentenera. Es de una arcilla muy dura y de un color ceniciento. Presenta bandas de diferentes calados que no solamente tienen una función decorativa que en este caso es la menos importante, sino que tienen el fin de oxigenar el interior y permitir que las brasas, previamente depositadas en el interior, cociesen o calentasen las viandas depositadas en algún recipiente sobre la boca. Fragmentos similares han sido hallados en el castro; algunos podrían formar ya parte de otros anafres de mucho mayor tamaño, habida cuenta de su grado curvilíneo (fig.52). Más difícil será adivinar su función al pasar a formar parte de un ajuar funerario; es muy posible que haya sufrido un cambio de concepción. Probablemente se convirtió en protagonista de algún tipo de ritual funerario. 3). FUSAYOLAS estos objetos completan el ajuar cerámico de las incineraciones de "La Coraja" y pueden aparecer principalmente bajo tres formas: cónicas truncadas, bitroncocónicas y formas redondeadas; su cara plana en ocasiones se decora con signos radiales (fig.53). La pasta presenta una variada gama pero en su totalidad no pasan de ser cerámicas de mala o mediana calidad, incluso a veces pésima; las tonalidades giran en torno a colores marrones, muy parecidos al color local de la tierra, lo que parece indicar que no ha habido una selección de arcillas adecuadas. El carácter de este elemento ajuarístico ha sido con toda seguridad el que más controversia ha suscitado entre los estudiosos del tema, resultando de tal polémica una disparidad de hipótesis, algunas de ellas muy aventuradas. El uso que de estas hacía el sector femenino en labores textiles ha dejado paso a un nuevo valor al ser integradas en los ajuares funerarios, ya que aparecen lo mismo en organizaciones funerarias femeninas como masculinas. por tanto resulta evidente que las fusayolas no pueden atribuirse en las necrópolis a un sexo en concreto y que su valor nada tiene que ver con el de la vida real. El hecho de que en algún momento estas fusayolas hayan sido suplantadas por simples bolas de cerámica (554) es una prueba evidente de esto, ya que se ha prescindido incluso de su apariencia formal para ser sustituida por algo que es puramente simbólico. La decoración astral que algunas fusayolas presentan en su cara plana pudiera ser también un dato más para confirmar este carácter, sin embargo esta decoración aparece igualmente en otras fusayolas aparecidas ajenas a contextos funerarios por lo que toda alusión al respecto habría que tomarla con muchas reservas. Lo que no hay que dejar pasar por alto es la posibilidad, a todas luces lógica, de que estas gentes buscasen objetos que emblematizasen sus creencias religiosas y sus aspiraciones de ultratumba y por tanto no resultaría excesivamente aventurado considerar que estas fusayolas, fuera de su contexto natural, pudieran formar parte de este campo tan complicado y difícil de discernir a través de documentos arqueológicos de este tipo. |